Para Albert Einstein, el conocimiento no es el verdadero signo de la inteligencia, sino que lo es la imaginación. Pone así en un lugar más elevado la imaginación que el conocimiento. Yo estoy absolutamente de acuerdo con esto, aunque no estoy tan seguro de qué es lo que le hace al hombre más feliz, si explotar su imaginación o su conocimiento. Hacer uso del conocimiento le permite llegar muy lejos, le hace posible abrir muchas puertas y alcanzar grandes éxitos, no hay duda, pero es posible que la imaginación le lleve aún más allá. Lo explica bien el poeta: ¿de qué otro modo cantar / cuando no se sabe cantar?, / ¿cómo los muros saltar / cuando las cadenas / no te permiten apenas andar? / ¿Cómo acaso ser fuego / si no hemos sido provistos / de yesca o candela? La imaginación puede con todo. Nos permite ser los grandes cantantes que nunca seremos, anula cualquier cadena que nos oprima, y nos ilusiona con ser el fuego que más pasiones enciende.

Dejando atrás tales divagaciones, es cierto que el conocimiento y la imaginación tienen muy diferente valor para el hombre. Y parece que Einstein, como siempre, tiene razón en su clasificación. Porque la dignidad y la altura de nuestra especie viene mucho más definida por la imaginación que por el conocimiento. Un animal conoce bien su mundo, conoce bien todo lo que tiene a su alcance, conoce lo que ha de hacer para sobrevivir, pero el hombre, en cambio, trasciende el conocimiento con la imaginación, y por eso es capaz de abstraer ideas a partir de preguntas. Y por eso es capaz de dar solución a los problemas que su vida le plantea y conducirse hacia el progreso. El hombre es capaz de crear una silla para sentarse a trabajar y a comer, y una butaca para sentarse a leer y a descansar, y una cama para dormir y para otras cosas —pensar y meditar tumbado, por ejemplo—, y aunque los animales llegan a bastante sofisticación, nunca llegan tan lejos. Ellos lo hacen todo empujados siempre por el instinto, no por la imaginación. Una araña sabe tejer, aunque nunca haya visto a sus padres tejer, y no dejará de tejer por habérsele ocurrido una alternativa menos laboriosa o más eficaz. Por eso, la imaginación del ser humano es algo tan elevado.

Y al fruto de la imaginación lo llamamos innovación. Nada de lo que hace nuestra especie es tan auténtico y singular como lo que hace cuando, tras imaginar y proyectar, innova. No por algo el progreso y el bienestar son hijos de la innovación; y las ideas que nos hacen avanzar socialmente y económicamente también son hijas de la innovación; y también los pasatiempos que llenan nuestro tiempo de ocio. Por eso, ¡qué grande es la innovación! ¡Y qué grande su madre, la imaginación!

 

 

Antonio Monturiol