Nos podemos ir a la definición que nos da la RAE y decir que felicidad es un estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno. También podemos recordar a Jean-Paul Sartre y decir que la felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace.

Puede que algunos hablen de ella como un estado de euforia, o de un momento que no queremos que termine porque en él nos sentimos muy bien, o de un momento neutro donde la calma nos invade y vemos las cosas desde la serenidad consciente… También puede que muchos otros, más que buscar su definición, busquen su sentir para encontrarse en ese estado donde parece que todo está bien porque lo que hacemos y con quiénes lo hacemos nos hace conectar con una sensación de plenitud.

Dicho esto, sería interesante llevarnos todas estas sensaciones, definiciones, frases de eruditos, etc.… a nuestro terreno laboral, aunque es perfectamente extrapolable a otros ámbitos de nuestra vida. ¿Nos sentimos felices con lo que hacemos? ¿Vamos felices a trabajar?

Ser feliz en el trabajo implica dar lo mejor de nosotros y difícilmente podemos aportarlo cuando, según estadísticas, sólo el 19% de las personas que trabajan por cuenta ajena se sienten involucradas con la empresa para la que trabajan, que el 32% de la población activa padece estrés, o que entre el 15 y 30% de los trabajadores sufren de depresión, tristeza o apatía relacionada con su trabajo. Por no hablar de que el 12% de los trabajadores activos, acuden a su trabajo para refugiarse de otros ámbitos personales en los que son menos felices.

Personalmente no sé si la felicidad es amar lo que uno hace o si hacer lo que uno quiere nos hace también sentirnos felices, pero sí sé que es urgente recordar que, dada la cantidad de tiempo de vida que entregamos a esa noble causa, tenemos derecho a ser felices en nuestro trabajo y que tener derecho a algo, implica también tener la responsabilidad de ello. Posicionarnos como protagonistas y actores de nuestra felicidad es necesario y, para ello, es importante tener en cuenta algunos elementos:

  • Encontrar el sentido de lo que haces: ¿para qué te dedicas a lo que te dedicas?

No es lo mismo hacer algo que persiga un interés personal que hacerlo por un interés que, además del individual, sirva a otros. Todos tenemos algo que ayuda a los demás a mejorar sus días (también forman parte de las estadísticas de antes) y ponerlo al servicio de esas personas, nos hace sentir irremediablemente felices. Sentir que tenemos algo que a otros mejora su día nos hace sentir bien. Conectar cada día con ese propósito es la tabla de salvación para nuestros días torcidos y, cuando tomamos conciencia de lo que aportamos a las personas con las que nos relacionamos, nuestra sensación de utilidad, que va de la mano de la de felicidad, crece.

  • Tener una actitud determinada. Los propósitos individuales están presentes en lo que hacemos. Nuestro cerebro, de hecho, no está preparado para hacer nada de lo que no obtenga un beneficio. Esos motivos personales, trasciendan y sean recibidos por otros o no, admiten dos posibilidades: la de ofrecer nuestra mejor esencia de manera voluntaria, o todo lo contrario. Y eso tiene que ver con la actitud. La actitud se elige y viene reforzada por el sentido que le damos a lo que hacemos. La actitud es consecuencia de nuestro sentimiento de utilidad y, con efecto dominó del de pertenencia. Cuando sabemos para qué hacemos lo que hacemos, lo conectamos con un bien colectivo y sirve a otros, nos sentimos implicados y eso afecta directamente en nuestras ganas de aportar y de, además, hacerlo conectando con el otro.

 

  • Ser consciente de tu responsabilidad. Ser responsables implica dejar de creer que son los demás los que tiene el poder que nuestra situación laboral sea distinta y dar la bienvenida al de protagonistas de lo que nos ocurre y puede ocurrir. Sin darnos cuenta, culpamos a los demás de nuestra situación y les exigimos reconocimiento, acompañamiento y una serie de acciones que provoquen que nuestro día sea mejor. Sabemos que hay elementos que vienen a nuestra vida sobre los que poco margen de maniobra tenemos, pero, en cierta medida podemos en cada uno de ellos actuar y decidir qué es lo que decidimos hacer con eso que nos ocurre. Sentirnos responsables nos abre puertas a nuevos escenarios y asumir el poder que otorgamos a los demás como nuestro, nos sitúa en un escenario totalmente distinto donde nuestro estado de ánimo cambia de manera positiva y, con él, nuestro sentimiento de utilidad y pertenencia.

 

  • Entrenar habilidades. De nada sirve tener conocimiento de algo si luego no lo transformamos en acción. La actitud y esos sentimientos de pertenencia y de utilidad son consecuencia de acciones que emprendemos en nuestro día a día. ¿De qué habilidades hablamos? De las propias de la inteligencia emocional que nos hablan, por un lado, de nuestra relación con nosotros mismos y, por otro, de nuestra relación con los demás. Conocernos, gestionar lo que sentimos y potenciar nuestra autoestima, nuestra capacidad de llevar a cabo acciones independientemente de nuestro estado emocional, entre otras, nos lleva a una relación con los demás donde la empatía y la comunicación actúan como protagonistas y generan relaciones óptimas con nosotros mismos y con el resto.

 

Es urgente contar con personas felices en nuestro entorno y la mejor manera de empezar a verlas es siendo una de ellas. Sólo creando desde dentro, lo de fuera puede ser distinto. Seamos para que sean.

Cristina Castillo, autora de Vendedores de emociones (LID Editorial)