La siembra

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La siembra, según Wikipedia es el proceso de colocar (arrojar y esparcir) las semillas en un terreno (tierra) preparado para ese fin.

A menudo, en mi vocabulario cotidiano, uso el término sembrar, no referido a la acción propia de un agricultor, que no lo soy, pero sí empleando la metáfora de la siembra cuando hago determinadas acciones en mi vida.

Tomar una decisión para iniciar algo, conocer a alguien que pueda ayudarte en alguna cosa, comenzar una formación o realizar una entrevista en algún trabajo para que te conozcan personalmente… Estas cosas, pueden parecerse a una siembra.

A mi juicio, todo ello, tiene un denominador común: la acción. Hago cosas diversas, variadas, quizá dirigidas hacia una misma dirección o con un mismo objetivo, puede ser. También puedo hacer cosas totalmente distintas, pero no me paro. No dejo de buscar, de moverme, de llamar a una puerta o de recibir a alguien.

En todas estas acciones, me doy a conocer, me muestro como soy para que el otro me conozca. Expongo mis necesidades o mis inquietudes. Hago mis peticiones y solicito lo que me gustaría y quiero. En definitiva hago múltiples acciones y soy receptiva ante lo que surge a mí alrededor.

Me muevo, hago, pienso, conozco, me conocen, solicito, pido… Y mientras hago todo eso, el resultado todavía no aparece.

Siento que hago una siembra y que cada uno de mis actos es una semilla. Pero no la veo crecer.
¿Estará creciendo adecuadamente? ¿La habré plantado bien?
No lo sé. Sólo sé que si no siembro, nunca alcanzaré una cosecha. Sé que a mi casa, no va a venir el fruto recogido, ni los resultados, ni los éxitos o fracasos. No vendrá nada si no salgo al exterior, si no hago cosas.

Surgirán dudas de si las acciones son correctas, útiles, prácticas, bien encaminadas… Todo eso, se puede corregir y modificar. Enfocar mejor y dirigirnos hacia una línea determinada, pero vamos caminando. Nuestras acciones se van metiendo en la tierra y habrá algunas que crezcan.

¿Cómo saber cuáles? No se puede saber, sólo queda esperar y seguir sembrando, quizá la misma semilla, quizá otras diferentes. Pero seguro que alguna planta, florece y por fin, llega el resultado esperado: un éxito, un aprobado, un acontecimiento, un trabajo, un premio, un reconocimiento… Aquello por lo que cada uno esté sembrando.

En relación a esto, me gusta mucho la historia del bambú.
El bambú tarda siete años en brotar. Sí, siete años.
Durante todo este tiempo, el bambú crece hacia abajo. Crea un entramado de raíces, fuertes, bien arraigadas al suelo que serán el sustento y la base de todo su poder cuando crezca.

Puede llegar a crecer hasta treinta y dos metros y ese crecimiento se hace en el corto espacio de tiempo entre cuatro y seis semanas. Siete años sin una sola muestra de su crecimiento y treinta y dos metros en prácticamente un mes. ¡Increíble!

Su fortaleza reside en las raíces de esos 7 años, en lo que se ha ido gestando y fraguando dentro de la tierra. Una sólida base que le hace fuerte, robusto y alto como para llegar al cielo.

Cuando ha crecido, es flexible y se deja llevar por el viento. Maleable, movible, se adapta al medio. Sus pies están bien arraigados y no es fácilmente rompible.

Ha ido creciendo en silencio, se ha sembrado en la constancia y en la paciencia. Sabe lo que tiene que hacer y cuál será su cometido.

Hago mía esta metáfora, sintiéndome como un bambú, con el deseo de crear una buena base, despacio, pacientemente, pero sin pararme para conseguir llegar al cielo, a mi techo, el que esté marcado en mi genética.
Aunque el tiempo es relativo, espero no necesitar siete años para alcanzar mi objetivo.

Ojalá si me convierta en ese bambú alto y fuerte, flexible y adaptable a lo que mi destino quiera poner en mi camino.
“El bambú que se dobla es más fuerte que el roble que resiste” PROVERBIO JAPONÉS

Autora: Miriam Hernández Cruz

Web: WWW.YAHORAQ.COM

2019-06-05T17:23:33+00:00

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