La vida a veces no nos lo pone nada fácil.

Nos coloca ante situaciones y obstáculos que nos rompen. Nos dejan tocados y hundidos.

Problemas laborales, familiares, económicos, etc., según la magnitud o la repercusión de los mismos puede ser muy complicado sobrellevarlos y sobre todo, superarlos. No hay fórmula mágica que nos diga cómo resolverlos y evitar que no nos hagan pedazos que no se puedan reparar.

En ocasiones, no es tanto encontrar la solución idónea, sino realizar las actuaciones que nos conduzcan a una situación más llevadera, más saludable dentro de las circunstancias y que nos cause el menor perjuicio posible. No se puede evitar el dolor ni el daño causado. Es imposible evitar que algo malo suceda. Y cuándo no lo podemos evitar, entonces, ¿qué nos queda? Pues, adaptarnos y seguir…

Pero hay un factor que en mi opinión es clave para gestionar de manera adecuada casi cualquier situación, por no decir, todas sin excepción. Como si se tratara de un comodín que puedo utilizar para tener una mayor resiliencia en los problemas y obstáculos cotidianos. Me ayuda a comprenderlos, a analizarlos y a buscar la mejor solución.

Me estoy refiriendo a una actitud positiva que me proporcione la calma necesaria para tener una visión clara y objetiva de lo que sucede y ver la balanza de pros y contras lo más equilibrada posible.

Que me permita darme cuenta de las consecuencias que pueden producirse si hago una cosa u otra. Reconociendo lo negativo que existe o puede existir y asumiéndolo como parte del proceso, ya que seguramente no se pueda eliminar, pero  ¿y reducir? ¿Podemos reducirlo? Pues enfoquémonos en eso… Eso es suficiente para empezar.

Pero todo esto no es fácil de conseguir. Requiere de mucho esfuerzo personal, de trabajo interno, parar en algunos momentos, haciendo reflexión y análisis exhaustivo.

¿Cuántos de nosotros ante un problema, nos centramos  en miedos, amenazas y males futuros que pueden o podrían suceder en vez de concentrar nuestros esfuerzos en mejorar nuestra situación y buscar la mejor solución?

¿Cuántos de nosotros, somos capaces de parar un momento y sentarnos con nosotros mismos a analizar la situación,  las circunstancias, las consecuencias, etc.?

La actitud de la que hablo, no es vivir en un mundo idílico, irreal, “happy” todo el tiempo, dando la espalda a la realidad. Eso es cualquier cosa menos actitud positiva. Es una forma de comportarse ante la vida, que me sirve tanto para mi resolución de problemas de manera individual como para tratar algún problema con las personas que me rodean, sea en un entorno laboral, personal o familiar.

¿Y cómo se obtiene? ¿Cómo se consigue esa actitud?

Te propongo practicar algunas cosas…

¿Quieres intentarlo?

No son mágicas, pero pueden ayudar…

No son infalibles, pero seguro que algo aportan…

  • Cambia las palabras internas y externas. Tu lenguaje. Tu forma de hablar y hablarte:
    • Algunos conceptos llevan implícitos un tono algo negativo. Mira a ver si hay alguno que te suceda esto e intenta cambiarlo.
    • Algunos mensajes hacia nosotros mismos van cargados de presión, de obligación, de mucha carga emocional. Por ejemplo: “Tengo que” por “Quiero hacer, puedo o podría hacer…”
  • Visualiza, analiza con calma, con objetividad:
    • El problema, la situación, etc.
    • Haz esquemas, gráficos o dibujos de la situación inicial. En qué punto estás, que circunstancias te rodean, cuáles son los pros y contras. Analiza tu propia balanza con detenimiento.
    • Haz tu propia lluvia de ideas de soluciones posibles o imposibles. Todo lo que se te ocurra, seguro que encuentras por dónde empezar.
  • ¡Actúa! por poco que sea, haz algo. Por pequeña que sea tu acción, no te quedes parado. Todo puede ser una siembra si así lo sientes. Quizá el resultado no salga ahora, pero puede salir más adelante, ¿quién sabe?

No podemos evitar los problemas, siempre tendremos alguno o incluso muchos. Nunca vamos a estar siempre felices, ni nos va a salir todo bien. Cuanto antes comprendamos esto, antes empezaremos a prepararnos para afrontar lo que pueda sucedernos.

Pero podemos adaptarnos, superarlos o vivir con ellos en una cierta felicidad. Podemos recomponer nuestros pedazos y volver a ser una pieza entera, sin sentir que algo se nos fue o se nos quedó roto para siempre.

En relación a esto, quiero hablar de una práctica japonesa basada precisamente en eso, en unir pedazos rotos y darlos belleza y continuidad. A mí me inspira, espero que a ti también.

Esta práctica se llama Kintsugi y consiste en reparar un objeto roto, llenando sus grietas con polvo de oro, dando así valor a algo que en otras culturas o circunstancias sería tirado a la basura directamente.

Según esta forma de tratar los objetos, el arte de reparar no está solo relacionado con unir trocitos de algo, sino con darle más valor aunque se haya roto en pedazos.

Consideran que un objeto puede tener belleza aunque tenga cicatrices, aunque esté formado por muchos trozos pegados entre sí, porque será símbolo de superación. Y a pesar de tener piezas rotas y pegadas, seguir siendo un objeto válido. Algo que se uniría con un simple pegamento, es ensalzado con ese oro que automáticamente incrementa su valor.

Y algo similar podemos ver en nosotros y en lo que nos sucede todos los días.

A veces, cuando algo malo nos pasa, nos hacemos añicos. Nos rompemos en pedazos y perdemos nuestra entereza. Nos sentimos vulnerables, con heridas.

Es nuestra elección recomponernos, pegar esos trozos y seguir viviendo dándoles un baño de oro a esas grietas de tal forma que nos hagan, no solo más fuertes, sino más bellos.

Se trata de interpretar esos daños sintiéndonos orgullosos por lo que suponen para nosotros y por haberlos superado.

Tendremos muchas cicatrices a lo largo de nuestra vida. Muchos huecos que serán la consecuencia de lo que nos pase, pero me gusta esta práctica…

Me gusta pensar que cuando soluciono un problema, la cicatriz que deja supone una experiencia vivida, satisfactoria o no, pero sí superada y que el polvo de oro es la actitud con que lo he afrontado.

Y tú, ¿cuál dirías que es tu oro?

 

 “Hay heridas que en vez de abrirnos la piel, nos abren los ojos.”

PABLO NERUDA

 

 

 

Autor: Miriam Hernández Cruz