No paramos de escuchar la importación del amor propio ante todas las cosas y la autovaloración.

A veces no nos queda claro la diferencia entre ambos conceptos y reflexionamos de qué manera sé que me estoy amando o que me valoro adecuadamente. ¿Dónde está la medida, por qué no me valoro lo suficiente?

Sinceramente creo que la autovaloración responde al resultado de nuestras acciones.

De nada o poco nos vale que nos cuenten “las acciones quedan o en algún sitio está escrito”. Seamos realistas como ser humanos y aceptemos que nos gusta ver y degustar los resultados positivos de nuestros esfuerzos, renuncias y tiempo invertido entre tantas cosas.

Estamos aquí para aportar cosas, para ser felices y para ser nuestra mejor versión. En esta travesía hacemos un millón de esfuerzos para conseguir los resultados deseados y cuando los conseguimos notamos esa satisfacción personal, esa autovaloración y por añadidura, vendrá el amor propio.

Si, amamos lo que nos hace felices, nos gusta y de lo que nos sentimos orgullos.

No hay nada más placentero que después de años de estudio, conseguir esas notas sobresalientes. O tras un periodo de búsqueda de trabajo, aparece ese puesto hecho para nosotros. Otras veces nuestra ayuda, puede influir positivamente en los resultados de otras vidas y en el beneficio de todos.

Que agradable degustar eso buenos frutos y que bien se siente, parece que ese tiempo, nos vemos más guapos, nos movemos mejor, respiramos mejor y hasta la ropa nos queda mejor que antes. La vida nos sonríe y parece que vivimos en esas series americanas donde el sol nunca deja de brillar cada mañana.

No solo nos gusta escuchar “gracias o que bien lo has hecho”, nos agrada ver esos cambios positivos y sentirnos útiles en esta experiencia en la tierra.

Poder utilizar nuestros dones, conocimientos adquiridos y todos y cada uno de los esfuerzos llevados.

¿Y qué pasa cuando esto no ocurre? Pues honestamente no nos sentimos también con nosotros mismos y a pesar de haberlo intentado, la balanza entre la acción y el resultado, son lo que nos determinan a tener una actitud de decepción con nuestra vida.

Aún más en los casos en los que sabemos que por nuestra parte no pudimos hacer nada más, pero ese dolor queda.

Las palabras de aliento de los demás y el autocompadecimiento, de poco nos saben.

Aceptar esta parte de trato, no es cosa fácil pero es lo más coherente que podemos hacer con nosotros mismos.

Entender la decepción y recargar pilas para el siguiente reto, aceptar nuestros bajones y saber que ese camino, sentiremos ese fracaso en nuestros días y a pesar de querernos, no nos cuidaremos como deberíamos y la intensidad del impulso hacia un cambio, bajará.

La suma de muchas decepciones, modifican nuestro carácter. Y dependiendo de la circunstancia, será para bien o para mal.

Podremos estar más abiertos o más a defensiva, pero no olvidemos que forma parte de nuestra historia personal.

 

 

Autor: Sofía Lorenzo