Paz con la naturaleza

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A lo largo de la historia, y salvando los momentos en los que las culturas primitivas vivían de manera armoniosa e integrada, la naturaleza ha representado un decorado por donde ha transcurrido la vida humana, y una fuente de recursos que posibilitaba nuestra supervivencia. Según fue avanzando nuestro desarrollo, la presión sobre el medio se hizo más intensa, (especialmente tras la Revolución Industrial), extrayendo, utilizando, vertiendo…, con absoluta indiferencia y desconocimiento de los ciclos naturales, ignorando los límites tras los cuales podríamos comprometer el futuro del planeta.

Este comportamiento, ávido y violento, hoy que la población crece exponencialmente y que nuestras actividades son más intensivas, necesita urgentemente transformarse, no sólo para garantizar la pervivencia del ser humano y muchas otras especies, sino para crecer en dignidad, pues frente a los desafíos socioambientales se precisan nuevos valores y un cambio radical en nuestro estilo de vida. Todo ello debe partir de cuatro importantes actitudes:

– Humildad. Ciertamente, la vida humana maravilla por su complejidad, pero el resto de las especies no se quedan atrás, mostrando habilidades y conductas igualmente sorprendentes. Dentro del conjunto de la biodiversidad, que reúne 10 millones de especies -la mayoría aún por descubrir- somos los recién llegados y representamos el 0,01% de la vida en su conjunto, vida que lleva 3.500 millones de años interaccionando y evolucionando.

– Asombro. Ante la grandeza de lo natural, de lo pequeño a lo grande, repitiendo con Walt Withman: creo que una brizna de hierba no es menos que el camino que recorren los astros. El conocimiento debe comenzar con el asombro, y el papel del educador será fomentar en las personas dicha actitud, como forma de adentrarnos en los entornos naturales.

– Respeto. Cuando se ha descubierto el valor de lo que nos rodea, el respeto debe surgir como actitud necesaria. Se ha promovido como pieza clave en las relaciones humanas, pero hoy debemos extenderlo a todos los seres vivos, cada cual con un valor propio, y que, como nosotros, desean hallarse en libertad, con bienestar y sin sufrimiento. Para todos ellos éste planeta es también su única morada.

– Cuidado. Porque cuidar de la naturaleza es cuidar de quien nos cuida, de quien nos suministra el aire, los alimentos, los recursos…, que permiten la existencia de la especie humana.

Para hacer las paces con la naturaleza, además de fomentar los valores citados, debemos alejarnos de comportamientos cuestionables, muchos de ellos fuera ya de lugar, como:

– El maltrato animal. El daño (espectáculos taurinos), la persecución (caza), cautividad (jaulas, circos)…, deben cesar. Por el necesario respeto y por la propia dignidad: la nobleza y el carácter moral de un pueblo se conoce por la forma en que trata a sus animales (Gandhi).

– El descuido, la desconsideración, que ha llevado a contaminar espacios o a provocar incendios. La naturaleza no es un vertedero, sino un santuario que nos debe llevar a mantener una conducta esmerada, atenta y protectora.

– La ignorancia de los límites, que cualquier sistema vital posee. Hoy lo sentimos con nuestros impactos en el clima, que ha sido denominado como la vida de la vida, cuya alteración puede trastocar la configuración actual del planeta. Respetar los límites es signo de inteligencia y consciencia, actitudes imprescindibles para enfrentarnos a los nuevos desafíos.

– Los conflictos humanos, nuestras guerras, 15.000 en los últimos 5.000 años. Además de dañar a nuestra especie, han causado grandes destrozos en el medio, baste recordar la quema de pozos de petróleo en la guerra de Irak o los bombardeos con napalm en la del Vietnam. En tiempos pasados, por tomar un ejemplo, eran las talas e incendios que las tropas castellanas realizaban habitualmente en sus incursiones por Al Andalus.

– La alimentación animal. Además de las razones que se argumentan con fundamento, como protección de la salud, reducción de emisiones de gases de efecto invernadero o mejores usos de la tierra, deberíamos preguntarnos: ¿es necesario que una vida muera para mantener la nuestra? Quizás en otro tiempo no se conocía otra forma de nutrirse, pero hoy sí. Deberíamos ir promoviendo un tránsito hacia una alimentación sin sufrimiento.

Según se vayan apartando las viejas costumbres, deben ir surgiendo nuevas, basadas en:
– El cuidado, como forma de relación y vida. Una opción ética, sin duda, pero también práctica, inteligente y necesaria para nuestra supervivencia.

– El aprendizaje, porque la naturaleza tiene mucho que enseñarnos. ¿Qué decir del contraste entre lentitud y velocidad? En la naturaleza nadie tiene prisa, todo se prepara a fondo y se realiza con precisión, lo que contrasta con nuestros ritmos acelerados. El necesario cambio personal excluye ir atropelladamente por la vida. Pero las lecciones no terminan aquí. Lo demuestran los pedagogos que, como Giner de los Ríos, incluyeron las excursiones como parte esencial de sus programas docentes. Era preferible, en sus palabras, un día sin aula a un día sin campo, y es que la naturaleza educa (educere: sacar fuera) haciendo aflorar, en su contacto, algunas de nuestras mejores cualidades.

– La pertenecía, sabiéndonos miembros de la Naturaleza, sabiendo que no estamos solos, que nos sentimos hermanados por el poderoso vínculo de la vida. Conociendo las interrelaciones que tejen la biodiversidad, escuchándolas, contemplándolas, respetándolas, unidos en la respiración del mismo aire y la nutrición del agua y los suelos. Apartando la indiferencia y fomentando la cercanía atenta y amorosa.

Podría objetarse que en la naturaleza no todo es hermoso, que también existe violencia, depredación, parasitismo y desastres. Aunque habría que responder que por cada acto de violencia hay 100 de cooperación. Kropotkin, entre otros, lo mostró en el estudio del apoyo mutuo como factor de evolución.

Progresivamente, vamos descubriendo que así como el destino de la humanidad es común, también lo es el del ser humano y la naturaleza. Sería difícil de comprender una humanidad armoniosa sobre un planeta violento o viceversa. En todo caso, lo que nos corresponde hoy es ir forjando un nuevo estilo de vida fundamentado en ideales y valores, como preparación para un mundo más justo, fraterno y sostenible. Mas, lo personal, siendo mucho, no basta. Tendremos que organizarnos con criterios políticos, fortaleciendo la sociedad civil y, desde ella, avanzando en todo lo que promueva al ser humano y la naturaleza. En estos momentos de crisis ambiental (reflejo de crisis más profundas) hay varias posibilidades abiertas y dependerá de nuestra actitud el camino (y el destino) que tomemos.

Aún estamos a tiempo, y se vislumbran ante nosotros las puertas de un nuevo paradigma, aunque la catástrofe siempre es una amenaza. Nuestra tarea consistirá en abrir las primeras (deteniendo las segundas) para que la Vida entre con plenitud. Lo contrario sería traicionar la historia.

Autor: Federico Velázquez de Castro González

2019-06-04T10:59:26+00:00

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