A veces nos cuesta mucho pedir ayuda.

Estamos cargados de prejuicios y creencias que nos limitan y condicionan constantemente.

“¿Qué va a pensar de mí?”

“Seguro que me dice que la culpa es mía…”

“Me da vergüenza contar lo que siento…”

Estas y otras frases invaden nuestra mente cuando tenemos problemas y no sabemos o no podemos encontrar la solución por nosotros mismos.

Damos vueltas a las cosas como si por el hecho de pensar mucho en ello, se fuera a solucionar por sí solo. Y no. Esto no funciona así.

Es cierto que cuando tenemos un problema pensamos en ello y debemos hacerlo, ya que tenemos que analizar la situación, qué ha sucedido, qué hemos hecho o qué nos ha pasado para sentirnos de esta manera. El análisis es fundamental para saber:

  • Motivo: Qué ha sucedido de la manera más concreta posible.
  • Estado emocional: si estamos enfadados, tristes, nos sentimos engañados, traicionados, indiferentes, etc.
  • Resolución: Buscar soluciones si es que quiero solucionar mi problema y pensar por dónde empiezo a actuar o a pensar en cómo puedo solucionarlo. Hay un momento de “click” en que me pongo manos a la obra y empiezo a tomar acción para avanzar en mi situación. Si por el contrario no quiero solucionar nada, porque me ha ocurrido algo que no puedo arreglar porque ya ha pasado, lo que tendré que hacer será trabajar la aceptación. Acostumbrarme a la nueva situación o asumir lo que mi problema me depare y las decisiones que haya tomado al respecto. Ambas opciones son soluciones, pero cada una en una línea.

Cuando algo nos ocurre, necesitamos un tiempo para “darle vueltas a las cosas”. Estamos agobiados, bloqueados con tanta información que se nos remueve una y otra vez en nuestra cabeza. Pero ese tiempo que dedicamos a pensar y pensar, a “machacarnos”, a regocijarnos en nuestro problema, debe pasar lo antes posible para que no se afiance tanto que nos acostumbremos a ese estado y no seamos capaces de levantar la vista.

Dando vueltas a los problemas, pensando en ellos continuamente, nos pone cabizbajos ante ellos. Nos dominan y nos paralizan porque no sabemos cómo afrontarlos. Y si nos “pasamos” de tiempo, es decir si hacemos esto muchos días, los días se convierten en semanas, las semanas en meses y al final acabamos diciendo eso de:

“Llevo una temporada fatal, no levanto cabeza”

Y esta frase será verdad…

Pero la buena noticia es que podemos intentar salir de esta situación que nos ahoga:

¡STOP!

¡NO SE PUEDE SEGUIR ASÍ!

ES MOMENTO DE ACTUAR:

  • ¿Puedo hacerlo sólo?
    • : pues adelante.
      • ¿Cómo lo vas a hacer?
      • ¿Cuál será el primer paso?
    • NO: pues pide ayuda
      • HELP! Es el momento de hacerlo.

 

Y no pasa nada. Todo está bien. La solución está en proceso. Ya está.

Con esta acción hemos dado un gran paso, hemos dado el primero. Si la solución está en nuestra mano, habremos empezado a diseñar nuestro plan de acción con el objetivo de solucionar nuestro problema. Si por el contrario, hemos decidido que es momento de pedir ayuda, debemos buscar quien nos pueda ayudar y por tanto también hemos comenzado nuestro plan de acción. La diferencia en este caso, es que nos dejamos guiar y orientar para llegar a la solución porque necesitamos de personal experto que nos ayude con sus conocimientos para salir de dónde estamos.

Ser capaces de pedir ayuda requiere valentía porque supone salir de nuestra intimidad, de nuestro círculo privado para compartir nuestros problemas e inquietudes y hacer a otra persona partícipe de lo que nos pasa. Y no solo eso, sino que le damos el permiso para opinar, para decirnos lo que cree que está bien, mal o qué debemos hacer en cada caso, pero siempre con la finalidad de ayudarnos, nunca de juzgar lo que nos ha pasado o lo que hemos hecho. Nadie debería juzgar a nadie.

Tenemos grandes prejuicios cuando se trata de acudir a un psicólogo, a un psiquiatra o a un abogado, pero no emitimos ningún juicio cuando alguien nos dice que va al médico, a un gestor o a un organismo oficial a consultar cualquier información. Tendemos a ponerle una connotación añadida, un plus a esa visita como si solamente por decir que vamos allí, estamos asumiendo y reconociendo un problema, un problema personal, porque de los económicos o laborales, o son muy frecuentes o estamos muy acostumbrados…

Y es que lo personal lo llevamos con gran recelo, tanto que nos cuesta reconocer que tenemos un problema. Quizá nadie nos ha enseñado a ello, pero puede merecer la pena asumir esa decisión si con ello vamos a salir del pozo en el que nos encontramos, si nos va a ayudar a quitarnos ese bloqueo que nos paraliza y que nos impide realizar cualquier acción por miedo, por creer que no podemos o no somos capaces.

¿Por qué creemos que somos tan autosuficientes para resolver lo que nos pasa?

Ojalá que siempre tuviéramos la solución en nuestras manos, pero es que la vida nos pone en situaciones complicadas, en la que intervienen muchos factores y es humano que nos sobrepase y que tengamos grandes dificultades para soportarlo y buscar la solución al problema.

Esto no nos hace más débiles, ni más frágiles o vulnerables. Nos hace crecer porque es algo que requiere decisión y deseo de solucionar. Si no quiero arreglar algo, mi cabeza buscará miles de excusas o miles de argumentos para no hacer nada ni encontrar la solución. Cuando alguien quiere conseguir algo, buscará la manera de alcanzar el objetivo, pensará lo que puede hacer y una acción llevará a otra, y luego a otra… Y así saldrá de dónde esté.

¡Por favor, pidamos ayuda!

HELP!

Aquí estoy para lo que necesites.

 

“Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla.”

LOS BESOS DEL PAN

ALMUDENA GRANDES

 

Autor: Miriam Hernández Cruz