Federico, te escribo aquí, aunque ya sabes cuantas veces lo hemos hablado, lo que es el tiempo vivido.

Llegaste buscando trabajo sin saber cómo moverte, te habías recorrido medio mundo con tu tabla de surf. Quizá para entonces tu sueño era salir sin destinos, ni lugares por los que pasar y quedar un tiempo largo.

Cuando nos conocimos habías parado. La esclerosis llegó tocando un trozo de tu movilidad y algo más. Tu vida sobre la tabla. Tu autonomía, tu escuela de surf, tu confianza y tu pasión.

Repasando todo lo que habías emprendido, creado, viajado, soñado…no dudé que en una mochila como la que llevabas en algún lugar pararías a enseñarla.

Depositarla con cariño no fue fácil. Estabas enfadado, como te entendí. Así que unas cuantos encuentros, preguntas, reflexiones, enfados, esperanzas e ironías… Surtieron efecto.

Si, porque una vez viniste a la sesión en bici. En otra caminamos largo rato sin que te importara tropezar. Porque otra vez dejaste de estar enfadado y bromeaste. Otra pensaste en que podías intentarlo. Otra nos ilusionamos con la posibilidad, en unas cuantas confiaste. El inicio del inicio.

En un momento frágil tus palabras me rebotaron con fuerza:

“Tenía que haberle hecho caso a mi padre. Todo lo que he hecho es tiempo perdido”.

Mi fuerza para ti: “Federico, no es tiempo perdido, es tiempo vivido”

Lo que sucedió a lo largo de tiempo después, fue imparable.

Llamaste a un antiguo colega de surf. Comenzaste a trabajar en la playa, tu chica, tu hijita te daban más calor que el propio sol. Es verdad, no te subías horas a la tabla, pero la arena y el mar estaban contigo de nuevo. De otra manera. O desde la misma. Cuando te visité este verano en el trabajo, tu felicidad era puro agradecimiento. Descalzo, rodeado de neoprenos, un gorrito de rafia tu chica y tu pequeniña. No necesitabas ya nada más.

¡Piensas en tu nueva empresa, que cerca… un nuevo proyecto! Y tú ya más cerca de moverte por el mundo. El tuyo, el de dentro, al que, como en Australia, llegas con valor. Al que te asomas viendo romper las olas, meciéndote en ellas.

Ese viaje a ti mismo.

Uno de los momentos claves en el trabajo con el impulso y la motivación desde la vulnerabilidad, son las palabras que transforman realidades. Levantadoras de creencias. En un instante, esperadísimo e inesperado también, cambiamos la perspectiva de lo que nos guiaba con mucho pesar. De repente, literalmente aparece un horizonte por explorar. Una posibilidad, un proyecto, un impulso que nos activa. Las palabras, el gesto que las acompañan el cuidado de elegir el momento, la paciencia para esperar ese momento, el interés por descubrir la esencia de una persona que busca y busca calma vital y no lo sabe describir.

Las palabras que pueden despertar el deseo de volver a vivir. De otra manera, si, o de la misma con otra mirada.

 

Autor: Susana Rodríguez