Érase una vez. Indagar en la mente a través de la sabiduría del cuerpo

Érase una vez una chavala que había decidido no casarse nunca. Ésta era sólo una de las decisiones que había tomado, radicales e indiscutibles, a las que no pensaba renunciar jamás. Eran como ella, absoluta y distinta.
En un día de sol radiante de verano en Madrid, con un cielo pintado a esmalte azul Prusia, sintió que no sabía qué decidir.
Por esa casualidad, que te espera a la vuelta de la esquina, justo de la esquina a la que tú siempre das la vuelta y justo en el momento en el que tú lo haces —¿he dicho casualidad? —, la chavala llegó a la conclusión de que no sabía ni cómo sentirse, aparte de mal. Un mal concreto al que no podía poner nombre. Ni siquiera sabía si eso que le pasaba era sentir. Pero sentir, ¿qué?
Se había creído inmune a los resortes profundos de un cuerpo que desconocía cómo se expresaba. No entendía su lenguaje. No lo escuchaba. Se había visto como una mente actuante. Así había pasado toda la vida que recordaba de adulta. De niña…no quería pensar en ello. Le dolía de una forma extraña que nunca había indagado. Sólo seguía su vida activa, llena de méritos y esfuerzos y logros. Muchos logros.
Y muchos vacíos.
¿Te resuelta extraño este cuento o, quizá, ¿muy conocido? Te invito a seguir leyéndolo hasta encontrar tus propias respuestas a esas preguntas que, quizá, te estás formulando. ¿Para qué?, puede ser una de ellas.
A la vuelta de aquella esquina empezaba un sendero desconocido, por el que no se atrevía a caminar. ¿Qué le estaba pasando?, ¿acaso no era su esquina?, entonces, ¿por dónde se estaba escapando su vida? No se reconocía en esos pasos titubeantes que no resonaban como los suyos, firmes, seguros, fuertes. Ese no era su taconeo. Si la escucharan ahora no sabrían que era ella aproximándose a no sabe dónde.
Llegó a escondidas de las lágrimas que llenaban su mirada de una catarata sonora. Llegó con el corazón puesto en unas palabras que no podían haber sido pronunciadas por ella: quiero saber más allá del saber.
Un llanto que nadie llegó a ver le permitió abrir, abrirse hacia dentro de ella misma y empezar a ver, a verse. No quería más conceptos abstractos ni debates intelectuales. Era fácil. Y no era eso lo que necesitaba. Empezaba a tenerlo claro. Pero, ¿cómo entender si la razón no razona?
Respirando profundamente, había escuchado a alguien. ¡Había que respirar! Pues vaya. Se puso a ello. Era demasiada ya su necesidad. Inspirar y espirar lentamente, desde la barriga —menuda expresión tan simple y vulgar, casi se le escapa—.
Su vida empezó a llenarse de aire limpio, sin contaminar por todas sus creencias, por tantos prejuicios y aprendizajes hechos carne y hueso. Ahora empezaba a sentirse como una serpiente en pleno proceso de muda. Desnuda, vulnerable. Le encantaban los reptiles. Qué curioso.
Aceptando sin límites. ¿Qué? Eso sí que no encajaba. Sabía lo que era la disonancia cognitiva. Se resistía a modificar sus juicios. Durante un nanosegundo se dejó llevar y casi, casi lo pudo entender. No resistirse. Permitirse ser. Ser de otra forma. Ser.
Estaba actuando. Y lo hacía de una manera distinta. Estaba sintiendo. Y podía experimentar qué parte de su cuerpo era la que sentía y cómo, en qué medida y cuándo. Empezaba a reconocer los signos físicos de sus emociones. Empezaba el aprendizaje de hacerse consciente de su realidad física. Un cuerpo mágico que tiene respuestas.
¿Por dónde se quedaba su mente? Y esa pregunta le hizo también darse cuenta de que era su propia mente la que preguntaba, la que indagaba y escuchaba las respuestas del cuerpo, ¿Cuáles eran las preguntas? ¿A qué contestaba?
La mente. Ese era su rincón preferido para vivir. E inmediatamente a escucharse decir eso,  cambió la frase: ese había sido su rincón preferido para estar.
¿Será esto estar atento? Aprendía. En eso era una experta. Le encantaba aprender. A eso sí que no renunciaría. Ahora aprendía a aprender de otra manera, a aprender otras cosas, a desaprender, incluso.
Sentada, respirando profundamente, conectando con su cuerpo, escuchándolo, reconoció un pensamiento recorriendo su mente a una velocidad vertiginosa, como huyendo, como si no quisiera ser atrapado.
Y sus circuitos neuronales conscientes captaron el impulso electroquímico y le dieron nombre: ese era el pensamiento. Sus sinapsis se empaparon de él. Lo había identificado.
¿Cómo de razonable era ese pensamiento?, ¿cuánto de creíble? Pero entonces, ¿era verdad?
Con esa pregunta tan simple, con el planteamiento de esa duda, llegaba a una cumbre dentro de su propia experiencia vital. Llegaba al centro de sí misma. A cuestionarse lo que pensaba a pesar de lo que sentía o, más bien, gracias a lo que sentía. Esa había sido la luz que le había permitido indagar en ese pozo oscuro y sin fondo de sus emociones no sentidas.
Así que lo que estoy sintiendo es porque estoy pensando… No estoy segura. Aún no lo estaba.
Permítete indagar un poco más, date permiso a mirar más a fondo, como ella hizo, a descubrir lo que ocultaba la oscuridad de su mente.
La chavala, que hace tiempo que ya no se veía así, incluso empezaba a sentirse mayor, cogió una linterna, se calzó las botas y se vistió como para una excursión a la sierra. Era una montaña mágica la que empezaría a escalar. Una montaña que la llevaría directamente a la cumbre de su emoción.
Qué emocionante, pensó. ¿Cómo se siente esta emoción nueva?, ¿de qué color es?, ¿qué me dice?, ¿a qué sabe?, ¿es cálida o me dejará con una sensación fría?
Paso a paso inició un sendero nuevo de aprendizaje, con todos los sentidos, con todo el sentido. A su ritmo, al que le permitía su forma de haber vivido tantos años ya y su voluntad de vivirlos de otra manera ahora.
Necesitó de un aliado, en ese momento, una persona en la que confiar, que la mantendría a salvo pero que no la dejaría escaparse de sí misma.
¿Cómo te sientes cuando crees el pensamiento?, le dijo. Se trataba del pensamiento que había cazado, el que pensaba justo cuando se notó que sentía de esa forma que no le gustaba, a la que llamaba, sentirse mal.
Y la persona que actuaba de muro de contención, facilitándole indagar en sí misma de una manera segura y directa, siguió preguntándole: Cuando crees ese pensamiento, ¿qué haces?, ¿cómo te tratas?, ¿cómo tratas a los demás?
Dejándole espacio para sentir, ver y escuchar, empieza a observar la situación concreta con ese pensamiento en su cabeza, que ella cree auténtico. Y la observación hace que su cuerpo reaccione como si estuviera en ese momento viviendo eso que juzga real.
La indagación continua. El estrés, el dolor que le produce cr
eer ese pensamiento como lo creía cuando sucedió en aquella situación concreta, se reflejan en su postura, en sus manos, en su mirada, en sus gestos, en sus palabras, en el tono de su voz, en la temperatura de su cuerpo.
Ha vuelto allí y ahora hará otro viaje. Y si no pudieras pensar ese pensamiento, ¿qué sentirías?, ¿qué verías?, ¿qué escucharías?, ¿qué harías? en aquella misma situación. Imagina por un instante que estás allí pero sin ese pensamiento estresante, le decía su aliada en este camino de aprendizaje.
Ella conectó con su cuerpo, había empezado a sentirlo suyo, a reconocer sus palabras y sus silencios, sus gestos, sus posturas, sus mensajes, lo que a ella le intentaba decir.
¿Cómo sería tu vida si en lugar de pensar lo que te hace sufrir, eligieras pensar diferente?, ¿de quién depende que lo hagas?, ¿hasta cuándo vas a esperar?
¿Te reconoces en ese momento de indagación¿ ¿Has vivido alguna vez una situación estresante en la que había un pensamiento que dominaba tu actuar y sentir, que te limitaba y que ahora identificas?
¿Quieres escuchar el final de la historia de esta chavala?
Si no pudiera volver a pensar eso que le hace sufrir, si en aquella situación fuera capaz de pensar algo diferente, ¿qué ocurriría?
¿Qué nuevo pensamiento puede ser tan verdad o más que el que te causa sufrimiento y te limita? Observa, escucha a tu corazón enseñando a tu mente a través de las señales del cuerpo. 
Te invito, le dijo su aliada, a que encuentres tres ejemplos de que eso es así. Tres situaciones en las que pensaste este nuevo pensamiento, que te hace sentir de esa forma distinta, que te genera esa otra emoción que tu cuerpo agradece. Un pensamiento potenciador de tu vida.
Al final de este relato, ¿qué ha pasado por tu mente?, ¿te has desecho de ese pensamiento basura que se había creído a sí mismo y te limitaba, te impedía ser como quieres ser, estar como quieres estar, sentir como quieres sentirte?
La lámpara que ilumina las indagaciones de esa mujer y le permiten limpiar a fondo el trastero en el que acumula pensamientos-basura, es: ¿es verdad? Con su foco puede aceptar lo que siente, reconocerlo, ponerle nombre, sentirlo en toda su intensidad y buscar aquel pensamiento tan verdad como el limitante que le hace cambiar la emoción. La emoción que mueve su actuar. Ella elije qué hacer con lo que siente e indagar en su mente a través de la sabiduría de su cuerpo.
Ha elegido aprender a hacerlo, a experimentarlo en cada situación que no le gusta, a no rendirse al torrente de unas sensaciones que han nacido para que se dé cuenta de hacia dónde le llevan y poder cambiar el rumbo. Ella elige, prefiere sentirse bien, incluso cuando se siente mal.
Ahora, te toca a ti.

Autor: María Luisa Martín Miranda
2017-05-25T10:03:19+00:00

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