Castigo, ¿sí o no?…

La manera que tenemos de educar a nuestros hijos  es uno de los asuntos que más preocupa a los padres que recibo en consulta. Y dentro de este tema se repite la pregunta: “¿castigo sí o no?”, un cuestionamiento más que lógico teniendo en cuenta que en ocasiones parece que nada funciona, con independencia del método que utilicemos.

¿Y por qué pasa esto?

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En mi opinión una de las causas habría que buscarla precisamente en el método, en el procedimiento, en las técnicas que utilizamos. Creo que estamos de acuerdo en que levantarnos del sofá hacia el televisor cada vez que queremos cambiar de canal, o grabar música en cinta son hábitos “anticuados”, o al menos “poco prácticos”, existiendo ya mandos a distancia y reproductores digitales. Esto es así porque hubo empresas que entendieron que renovarse, actualizarse y modernizarse resulta elemental para conseguir beneficios y, en consecuencia, para su propia existencia, para vivir.

“Es una locura esperar algo distinto haciendo siempre lo mismo” (Albert Einstein). ¿Por qué hacemos lo mismo entonces?

Simplemente porque es lo que conocemos.

“Mi hija se ha vuelto muy irrespetuosa, no hace más que respondernos todo el tiempo, gritarnos,se pone muy violenta. El otro día la discusión llegó a tal punto que no tuve más remedio que darle una bofetada y arrancarle todos los posters de su habitación”, me reconoció el padre de una adolescente de catorce años, visiblemente nervioso y avergonzado, un hombre responsable y preocupado que con su falta de autocontrol alimentó, me consta que de manera involuntaria, precisamente aquél comportamiento que quería erradicar.

La comunicación no puede entenderse como causa-efecto (“tú has hecho aquello y por tanto mereces esto”) y esta norma rige tanto para padres como para hijos. De hecho la hija, siguiendo el ejemplo, me justificó su comportamiento “irrespetuoso” argumentando que en realidad son sus padres quienes le gritan todo el tiempo y son violentos con ella.

¿Quién tiene razón? ¿Quién empezó? Los dos. O ninguno. Cambiemos la manera de comunicarnos con nuestros hijos y cambiará todo. Si queremos que nos escuchen empecemos por escucharlos a ellos entendiendo que todos los seres humanos, independientemente de la edad, tenemos necesidades básicas de amor, de libertad y de seguridad. Si hasta ahora hemos utilizado fórmulas que atentan contra estas necesidades probablemente seamos conscientes de que hemos conseguido poco más que rebeldía.

Cualquier técnica basada en el autoritarismo, igual que cualquier método asentado sobre una actitud permisiva, tiene el mismo efecto: un vacío de control. Y el niño para sentirse amado, libre y seguro, para crecer y vivir feliz, necesita sentir la atención, el interés, la asistencia y la custodia de sus padres. Es más efectivo educar con el ejemplo que educar con el castigo, teniendo siempre claro que los límites forman parte de la educación y del bienestar de nuestros hijos, que están programados para imitarnos, para grabar en sus mentes todo aquello que decimos y hacemos.

¡Qué responsabilidad!

Una clave: ante cualquier comportamiento de nuestros hijos, sea el que fuere, aunque equivoquemos el Qué, el mensaje, saldrá bien si aplicamos bien el Cómo, el método: dosis gigantes de calma, de amor y de respeto.

2017-05-25T10:46:10+00:00

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