Recuerdos de colores

“Una preciosa mañana para salir con papá a pintar”, me dijo mamá bien tempranito. Desde muy pequeño salía con mi padre a la montaña para verle pintar diferentes paisajes. Yo quería pintar igual que él y muy pronto tuve mis propios pinceles y lienzos.
Así crecí, recuerdo mi niñez con mucha paz, calma y alegría. Recuerdos de olores a tierra mojada en otoño, a las primeras flores en primavera, recuerdos de colores….

Cuanto mayor me hacía, mejor se me daba la pintura, todo el mundo alababa mis obras.
Empecé a exponer en centros culturales, empecé a ganar premios y a vender. Todo el mundo me decía que tenía que sacar más provecho de mis cualidades, pero me costaba creer que pudiera vivir de ello. Cuando tenía 22 años me ofrecieron la oportunidad de dar clases de pintura. Con 25 años ya tenía una empresa de venta de productos de pintura, con sala de exposiciones y talleres de aprendizaje.
Me casé y tuve un hijo, al que quiero con locura. Todo iba perfecto, me sentía triunfador, tenía un precioso apartamento en el centro de una gran ciudad, mi propio negocio que iba viento en popa gracias a mi esfuerzo y dedicación, mi hijo iba al mejor colegio, mi mujer tenía de todo y era la envidia de sus amigas… o eso era lo que yo creía.
Pasaron los años y el negocio empezó a decaer, la gente ya no tenía tiempo ni recursos económicos para invertir en pintura. Al mismo ritmo que aumentaban mis horas de trabajo, aumentaban mis preocupaciones y estrés, tratando de mantener mi imperio y estatus, hasta que un día…. La vida echó el freno de mano por mí… me dio un infarto.
Me vi en un hospital, en una cama, en ese momento no me servía de nada ni el estatus, ni el móvil, ni la tablet, ni el ordenador…ni nada de lo que me tenía enganchado más de 15 horas al día, en ese momento tenía a mi hijo y a mi mujer a mi lado.
 De repente, al verle los ojos llorosos a mi hijo, sentí el aroma a tierra mojada, a flores, llegaron a mi mente recuerdos de colores … y me di cuenta que yo no había vivido nada de eso con mi hijo. Vi el miedo en los ojos de mi mujer, vi el poco tiempo que nos habíamos dedicado el uno al otro.
 Me di cuenta de que por pensar sólo en mi carrera profesional, mi vida era un caos, sin sentido ni orden.
Extrañamente me sentía tranquilo, una paz interior como no había sentido desde hacía mucho, la expresión de mi cara cambió, se relajó, noté que la comisura de mis labios se curvaba en forma de una leve sonrisa.
En cuanto salí del hospital cerré el negocio y me puse a trabajar de comercial para una empresa que me permitía libertad de horarios. Empecé a ir con mi hijo a la montaña a pintar, empecé a compartir más cosas con mi mujer, íbamos a bailar una vez a la semana, cocinábamos juntos, paseábamos de la mano, visitábamos a la familia más a menudo, comidas con los amigos…no necesitaba nada más!

Y dejé que la vida siguiera su curso, dejé de forzar el destino, me dejé llevar y crecí…

Domínguez Durán 

2016-10-20T19:06:37+00:00

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