LAS SEMILLAS SIEMPRE BROTAN

Érase una vez una personita que llegaba a la civilización en edad adolescente, pero sin prácticamente ningún condicionamiento.  Había vivido sus 17 años en una especie de limbo, fuera del espacio-tiempo y todo lo que iba encontrando cada día, cada hora, cada minuto, incluso cada segundo, la sorprendía.  A veces se maravillaba y otras se horrorizaba.  En algunas ocasiones, no entendía nada.  Todo era nuevo. La ropa, los lugares, las costumbres, las expresiones, los comportamientos. Ella casi no tenía pensamientos. Estaba habituada a vivir en el ‘ser’, en el ‘estar’, no en el ‘hacer’ y el ‘tener’, no lo contemplaba.  En su cara siempre había pintada una sonrisa y sus ojos siempre irradiaban un brillo especial.
A medida que pasaban las horas en su nueva condición se empezaba a preguntar cuáles eran las motivaciones para que la gente reaccionara de una manera o de otra y realmente no entendía su apresuramiento, su negatividad, su agobio, sus conversaciones. Esa personita no había conocido nada parecido y no comprendía cómo se podía vivir así.
Dado que conocía el idioma, comenzó tímidamente a relacionarse con algunas otras personas que se iba encontrando.  Sobre todo le gustaba relacionarse con niños o con abuelos. Los primeros eran más espontáneos, los segundos más pausados y serenos.  Así, se dio cuenta de que ellos en otros aspectos también eran un tanto diferentes a los adultos.  Los niños jugaban, reían, se equivocaban y lo volvían a intentar, se enfadaban pero al poco seguían con lo que estaban haciendo.  Y la mayoría de los abuelos no se enfadaban, disfrutaban de cualquier cosa de otra manera, hablaban con otra cadencia, se tomaban el tiempo de contemplar lo que pasaba.
Un buen día, la personita se encontró con una mujer, que no tenía nada que ver con todos los adultos que había conocido hasta entonces.  Una mujer esbelta, alta, elegante, ágil, siempre sonriente… Tenía más un aspecto de hada que de humana. Se movía con gracilidad, hablaba con dulce firmeza, irradiaba bondad y lograba, sin proponérselo, que todos se fijaran en ella.
La personita empezó a seguirla, llegando así a un lugar muy bonito, amplio y luminoso, en el que esta mujer comenzó a dirigirse a todo el público allí presente.  Todos escuchaban atentamente, pero como la personita podía detectar lo que los demás sentían, sabía perfectamente que no la estaban creyendo; sólo la estaban admirando por su belleza, pero ni creían en lo que decía ni se planteaban que podían llegar a alcanzar su estado.
La mujer hablaba de lo fácil que era crear nuestra realidad, explicaba que eso estaba al alcance de cualquiera, incluso contaba que tenía un método que estaba dispuesta a enseñar para que todo el mundo lo pudiera conseguir, argumentaba todo lo que decía, lo ilustraba con ejemplos impactantes, incluso presentó a otras mujeres que también prestaban su testimonio.
En cuanto tuvo ocasión la personita se dirigió a la mujer y cual torbellino comenzó a hacerlo preguntas:
¿Por qué insistes en contar estas cosas?
¿Por qué casi nadie te cree?
¿Cómo es que las personas se pasen la mayor del tiempo pensando y hablando en negativo, instalados en la queja, malgastando el tiempo en una carrera y en una competencia que casi lo único que les aporta es cansancio, disgustos, mucho agobio y les impide disfrutar?
¿Cómo es posible que habiendo escuchado que la vida puede ser de otra manera, maravillosa, abundante, feliz, próspera, se aferran a lo que tienen?
¿Cómo es que los pocos que te creen no quieren probar?
¿Cómo es que la gente se niega a aprender?
¿Cómo es posible que ni siquiera lo intenten?
¿Para qué continuas contando esto una y otra vez?
Verás –le dijo-, yo tardé años en descubrir esto y como me costó, soy consciente que a otros también les puede costar.  Como me parece tan fantástico, no me cuesta contarlo una y otra vez; además, cuanto más lo cuento, mejor me siento. Y, ¿sabes?, cuando plantas una semilla nunca sabes cuándo va a florecer, pero la mayoría, antes o después, brotan y se convierten en plantas hermosas.
¡Oh, gracias! –contestó la personita-. Creía que no iba a encontrar a nadie que me comprendiera, que fuera como yo.  En mi mundo no existe la mentira ni las quejas.  Estas palabras las vine a descubrir aquí.  Todo lo que pienso sucede y todas las personas son amables, viven felices y en armonía.  Ojalá algún día haya muchas mujeres como tú contando las cosas bonitas que tu cuentas y ojalá pronto muchos adultos te hagan caso, comprueben que es posible y este mundo sea tan maravilloso como el que yo he conocido y experimento en mi interior.

Y como todo lo que la personita pensaba se hacía realidad, en pocas semanas, cada vez más gente acudía a los encuentros de la mujer. Y cada vez más personas se lo creían y aprendían, y se ponían a practicar con ellos mismos y con otros las enseñanzas de la mujer.  Así, en pocos meses, el mundo al que había llegado la personita se convertía en uno igual de maravilloso como el que ella conocía.

Sabina Roleff
2016-10-20T19:06:37+00:00

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR

¿Quieres que te avisemos de nuestras promociones y de todas las novedades del evento?

Déjanos tus datos y ¡no te pierdas nada!
Nombre
Email