Aquella mañana, él caminó con valor y determinación hasta la puerta de su nueva vida. Respiró hondo varias veces, sintió el poder de su propia fuerza, giró el pomo con seguridad, abrió la puerta, y dio un primer paso en el camino que ahora se desplegaba ante sus pies. A sus espaldas, un portazo puso un punto y aparte en la película de su vida.
Aquella mañana, ella emergió de entre la niebla de los túneles de su inframundo personal. Con mucha cautela, se asomó tímidamente al paisaje que se desplegaba ante su mirada, y dio un primer paso vacilante en la superficie de lo cotidiano. A sus espaldas, quedó la mujer que había sido hasta entonces, y que jamás volvería a ser.
Y en algún punto del camino, ella y él, se encontraron bajo el sol del atardecer.
Y sus ojos sonrieron.
 —¿A dónde vas? —le preguntó él con interés sincero.
 —No lo sé —contestó ella, desviando la mirada—. Todavía no sé hacia dónde voy; lo que sí sé muy bien es de dónde vengo —dijo, mientras sus ojos se teñían de tristeza.
 —¿Y tú, hacia dónde te diriges? —quiso saber ella.
 —Camino hacia donde mi búsqueda personal me lleve. Peregrino en busca de la sabiduría —contestó él con una sincera sonrisa. Y preguntó —¿Y tú? ¿Sabes qué es lo que necesitas encontrar?
 —Sí. Necesito encontrar la felicidad. Y el verdadero amor —respondió ella con una expresión resuelta.
 —¿Has tenido suerte en tu búsqueda? —deseó saber él, con una chispa de simpatía en su ojos.
No mucha, de momento, pero sé que terminaré encontrando lo que busco —declaró ella con convicción. ¿Y tú, te sientes más sabio que cuando saliste de viaje?
 —Sí, un poco más. Encuentro pequeñas perlas de sabiduría a cada paso de mi camino, y las voy guardando aquí en esta caja —respondió él, mostrándole una cajita que sacó de su bolsillo—. Sé que poco a poco me voy acercando a la verdadera sabiduría.
 —¡Eso es muy interesante! —exclamó ella—. Si yo también pudiera sentirme un poco más cerca de la felicidad cada día, e ir descubriendo pequeños diamantes de amor a cada paso, eso, me ayudaría a seguir adelante en mi camino —admitió, y sus ojos tristes se iluminaron con una chispa de esperanza.
 Él asintió con la cabeza, y sonrió.
 Permanecieron juntos en aquel punto del camino durante horas.
 El sol se hundió en la tierra mientras la luna ascendía desde el mar, y las estrellas comenzaron a aparecer como tímidas luciérnagas, decorando el cielo lapislázuli.
Conversaron, rieron, lloraron, encendieron fuego, y cuando quisieron darse cuenta, el fuego se había encendido también en su interior.
Era una emoción caliente, vibrante, serpenteante y ascendente.
Al principio, cada uno trató de sofocarla a su manera, pero por más que lo intentaron, no lo consiguieron, y hacia la media noche se encontraron danzando entre llamaradas internas sin remedio.
Mientras bailaban, se miraron a los ojos, y cada cual se encontró, reflejado en los ojos del otro.
—¿Qué puede ser es este sentimiento? —le preguntó él, un poco nervioso.
 —Creo que es amor —susurró ella, con sorpresa y fascinación.
— Lo sospechaba, pero no estaba seguro —explicó él, y sus ojos empezaron a brillar con cientos de chispas.
 —¿Qué vamos a hacer ahora? —se preguntó ella, mientras contemplaba el cielo adornado de estrellas.
 —Podríamos sentarnos a hablar con nuestros corazones y escuchar lo que tienen que decirnos —propuso él, en un instante de inspiración.
 —Ésa, es una gran idea —afirmó ella —. ¡Hagamoslo!
Entonces, él se retiró un poco y sacó una diminuta llave de su bolsillo. Abrió su camisa a la altura del pecho, y buscó una puertecita dorada sobre su piel. Con mucha delicadeza, introdujo la llave en la cerradura y abrió la pequeña puerta que llevaba a su corazón. Cuando estuvo abierta, preguntó con ternura:
 —Querido corazón, ¿Qué tienes que decirme sobre este amor que acaba de nacer?
Su corazón vibró un poco, y mostró escrito en letras rojas el nombre de otra mujer.
Mientras tanto, ella suspiró profundamente, y fue a buscar el cofre donde había guardado su corazón. Lo llevaba en su equipaje. Cuando lo encontró, tomó la llave de hierro que colgaba de su cuello, abrió con cuidado los candados, y retiró con manos temblorosas las cadenas que aseguraban el arcón. Al abrir la tapa del cofre, contempló su corazón. Estaba resquebrajado por varias partes, en medio de un charco de agua. El fuego de amor lo había descongelado, al fin.
Cuando ella le preguntó a su corazón, éste permaneció mudo.
Ambos, se volvieron hacia el otro, con su corazón en las manos, y lo mostraron.
Ella suspiró con desilusión cuando leyó el nombre que aparecía escrito en el corazón de él, y él la miró apesadumbrado, al comprobar el estado en que se encontraba su corazón.
En ese momento, se miraron a los ojos, y supieron lo que el otro estaba pensando.
—¿Mataremos este amor, entonces, porque ahora no puede ser? —se lamentó ella.
Él permaneció en silencio un momento, y después murmuró —Tal vez… Pero es amor… Y el amor es importante. El mundo lo necesita. —concluyó, con sabiduría.
—Además, no sabemos si tal vez más adelante pudiera ser, de alguna manera —meditó ella pensativa—Se me ocurre algo que podríamos hacer —propuso, con una gran sonrisa—. ¡Imaginemos una solución creativa! ¡Busquemos una forma en que podamos vivir este amor ahora mismo!
—¡Esa es una idea excelente! —aplaudió él —. ¿Qué podríamos hacer con este amor?
—Mmmm… ¡Podríamos escribir nuestra historia de amor imposible y convertirla en un libro que conmoviera el alma de las personas! —sugirió ella.
—¡Precioso! —exclamó él—. Podríamos albergar este amor en nuestros corazones, e irradiarlo a todos cuantos se cruzasen en nuestro camino —propuso.
—¡Me encanta! —aplaudió ella—. Podríamos utilizarlo para fabricar felicidad —dijo, con una amplia sonrisa y una mirada soñadora.
—Eso sería fantástico, y además, así podrías ir encontrando un poco de la felicidad que buscas—concedió él—. Podríamos… Podríamos crear más y más amor; amor infinito a partir de este amor.
—Sí, podríamos cultivarlo y ver cómo crece —apuntó ella—. O crear una fábrica de amor—.Y… ¿Qué ocurriría si combinásemos este amor con las perlas de sabiduría que guardas en tu caja? —propuso, de repente.
—¡Ésa es una idea genial! ¡Vamos a hacerlo ya mismo, a ver qué pasa! —exclamó él, radiante.
El sol comenzó a asomar por entre las montañas del Este, tiñéndolo todo de una cálida luz dorada.
Hacia allí se dirigían dos personas que, ahora, caminaban juntas, riendo, jugando, y experimentando amor a cada paso de aquel camino que les llevaba hacia los misteriosos paisajes de sus nuevas vidas.
Él, fue estableciendo nuevas alianzas, comenzó a tejer una red de personas extraordinarias, aceptó  con valor los nuevos desafíos que fueron presentándose en su camino, y empezó a enseñar la magia de unir la tierra con el cielo dentro de uno.

Ella, empezó a dejar atrás el miedo, fue permitiendo que su voz vibrara y hablara su verdad, comenzó a entrenar el delicado arte de pintar lo invisible y se entregó a los secretos del fuego transformador, que aprendió directamente de los dragones.

Autor: María Victoria Cepeda