CONVERSACIÓN ENTRE NUBES

En un día soleado, en los alto del rascacielos más alto de una ciudad inmensa, se encontraron dos nubes.  Sólo eran dos. No había ninguna más. Ni siquiera en la distancia.  Al principio se ignoraron, se dieron la espalda. “¡No voy a ser yo la primera que empiece a hablar!, pensó la más chiquita. “Además, ¿qué voy a decir? Seguro que ella no va a querer hablar conmigo.  ¡Es tan grande y tan pomposa!”.
La otra nube ni siquiera se había percatado de la presencia de su compañera y simplemente se entretenía contemplando el trasiego de los humanos que circulaban a toda prisa, ya sea en sus vehículos o caminando, por las arterías de aquella ciudad enorme.
Cuando por fin la nube chiquita se decidió a hablar con la nube pomposa, ésta se sobresaltó, pues estaba muy absorta en sus nublados pensamientos.
“¡Qué sorpresa, nube chiquita! No me había dado cuenta de que estabas ahí. Me asombra que con lo chiquita que eres me hagas preguntas tan profundas.”
La nube chiquita se sonrojó al escuchar el inesperado halago de la nube pomposa.  “¡Gracias, nube pomposa! No imaginé que mis pensamientos pudieran llamar tu atención.  Tú eres tan pomposa y pareces tan sabia…”
“Nunca te dejes llevar por las apariencias, nube chiquita.  El corazón de cualquier ser no suele ser visible a primera vista y su aspecto externo no necesariamente refleja la belleza de su interior.  Claro que tu reflexión me interesa.  Yo también me lo pregunto todos los días.  Como tú, viajo y viajo, y contemplo paisajes maravillosos, parajes de una belleza extrema y de una quietud conmovedora.  Yo tampoco entiendo cómo es que los humanos se aglomeran en construcciones que pareen colmens, en donde casi no tienen espacio para moverse, en donde el aire está contaminado, en donde no pueden escuchar el sonido del silencio ni tienen intimidad para compartir tranquilamente con sus seres queridos.”
“Al igual que ti, tampoco entiendo cómo es posible que vivan a toda prisa, añorando el pasado y preocupados por el futuro, olvidándose de vivir el presente que es lo único que realmente tienen.  Ni comprendo cómo se les ocurre estar siempre hablando de lo negativo.  ¿Te has fijado que se ponen a hablar de algo que llaman enfermedades o accidentes y parece que empiezan a competir a ver a quién le duele más o quién lo ha pasado peor?”
“Discuten por cosas que a mi me parecen absurdas y se enfadan por asuntos que me parecen tontería.  Luego viven disgustados y sufriendo con el rencor, el odio o la culpa que sienten.  En vez de hablar las cosas, se callan y suponen, se ponen a rumiar en un bucle mental sin fin que hasta en sueños sigue dando vueltas en sus cabezas.  No disfrutan lo que tienen, pues en cuanto lo consiguen siempre quieren más y piensan en lo siguiente. La envidia les corroe y están más pendientes del otro que de ellos mismos, de lo que pueden aprender o mejorar.”
La nube chiquita, después de estar mucho rato escuchando atentamente y asintiendo a todo lo que la nube pomposa le contaba, dijo:  “¿Sabes?, me han llegado vientos que susurran lo que ha pasado en lugares lejanos. Aquí podríamos hacer lo mismo.”
“¿A qué te refieres?”, preguntó la nube pomposa.
“Me parece un poco absurdo, pero es lo que he oído… Pues he escuchado que hay lugares en los que juntan una enorme cantidad de compañeras, se vuelven muy fuertes y poderosas, y todo el vapor que contiene lo convierten en agua y los descargan brutalmente inundando los lugares sobre los que se posan.”
“¿¡Y?!, ¿qué tiene eso de especial??
“Pues lo que tiene de especial es que los humanos a esto lo llaman catástrofes naturales y cuando esto ocurre, será que por mojarse, afloran en ellos sentimientos y valores que tenían dormidos, y se vuelven solidarios, y aprenden a compartir, a fijarse en lo positivo, a valorarlo, a buscar y encontrar soluciones, aprecian lo que les queda y lo disfrutan, aprenden a ser… ¿Le pedimos apoyo a los vientos y congregamos a un buen grupo de compañeras para formar una buena en esta ciudad?”

Al cabo de unos años, todas las personas de la inmensa ciudad, después de un tiempo de incertidumbre e infortunios, vivía desperdigaba en sencillos y bellos poblados, habían rescatados antiguas tradiciones, compartían lo que tenía, se valoraban y se enaltecían los unos a los otros y convivían en perfecta armonía.  Algunos echaban de menos aquellos tiempos remotos de bullicio, ajetreo y algarabía, pero cuando alguna nube gris amenazaba por el horizonte, recordaban lo que habían pasado y decidían inmediatamente apreciar lo que tenían y volverse a conectar con el momento presente, sabiendo que eso era lo único que realmente tenían.

Vladimir 
2016-10-20T19:06:37+00:00

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