La siguiente carta nos ha llegado a la redacción desde Perú.

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“Hola.

Me llamo Emilia Rodriguez, tengo 77 años, y estoy recluida y afinada en una cárcel de Lima, en Perú. Soy española, y monja secular, siempre he tenido en el corazón la vocación de ayudar a los demás, es lo que Dios me pedía a través de su Amor y su palabra.

Así, con el tiempo, con mucho trabajo, con mucho esfuerzo y con muchas tragedias a mis espaldas, llegué a regentar un orfanato en Galicia. Estaba tan ilusionada, era mi oportunidad de redención, era mi oportunidad de entregarme en cuerpo y alma a mi misión, cuidar de los más pequeños, de los más indefensos, de los más vulnerables, de los más inocentes, de los niños.

Me sentía llena de gracia, sentía que Dios me había ofrecido la oportunidad de convertir mi sueño en una realidad. En una realidad dura, porque los niños a los que he tenido el honor de cuidar, estaban destrozados: algunos habían sido violados, otros maltratados psicológica y físicamente, otros simplemente no hablaban, pero todos tenían algo en común: empezaron a soñar con tener un futuro en mi misión, comenzaron a divagar sobre cómo sería su familia de acogida, y hasta cómo llamarían a su perro.

Estando presa, he podido comprobar que los caminos del Señor son inexcrutables, porque, cuando llegó la crisis económica, llegaron los recortes, se esfumaron las subvenciones, y los particulares y empresas cada vez aportaban menos a la causa de éstos niños.

Llegó un momento en que el orfanato se convirtió en una empresa inviable, no había forma de mantener aquello, y yo sentía, como regenta, que era mi responsabilidad, que Dios me había encomendado esta labor por alguna razón que desconozco, pero que tendría que hacer todo lo que estuviera en mi mano, para poder sacar adelante a esos infantes.

Dios siempre me ha guiado por el buen camino, y ahora sé que la desesperación es la personificación del diablo, porque me tentó con su astuto argumento, con su lengua bífida e infecta, y finalmente me convenció.

Yo actué movida por el amor a mis niños, pero sin saberlo, los estaba condenando, de un lado, a cerrar el orfanato, y de otro, a perderme.

Las autoridades me detuvieron por posesión y tráfico de psicotrópicos, los cuales fui a buscar a Perú, por medio de un conocido de una hermana que trabaja en Colombia. Fui condenada a quince años de prisión.

Si esto es lo que Dios quiere para mi, la resignación inundará mi corazón, pero últimamente he sentido como éste se apaga. Me cuesta andar, me cuesta respirar, y he tenido que hacer un gran esfuerzo para escribir esta carta, un gran esfuerzo físico y espiritual, porque estoy avergonzada.

He querido difundir mi historia para que todos aquellos que sean presos de la desesperación más absoluta, primero hablan con Dios, él les mostrará el camino correcto.

Ruego a mi Señor que no me deje morir aquí, lejos de mi tierra, lejos de mis niños que ya serán hombres, lejos de todos los que me quieren.

Y aunque sé que Dios está conmigo y que me ha perdonado, me siento desfallecer, y quiero poder despedirme de los hombres y mujeres a los que un día llamé infantes.”

La carta nos ha conmovido y hemos querido compartirla con todos nuestros lectores.

 

“El dinero es el estiércol del diablo”.

 Giovanni Papini