Hace poco, una persona a la que conocí, escribió una carta a la redacción.

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Y he decidido publicarla aquí, por su valor humano.

 

Me llamo Felipe.

Tengo 68 años, llevo tres años jubilado, después de toda una vida trabajando.

Hace poco me compré un BMW para el que he estado esperando más de veinte años. Quería llevar a mi mujer en un coche elegante, para ir al cine, o a nuestra finca en el pueblo. Ella se lo merece.

No hemos podido tener hijos, porque soy estéril, pero hemos estado rodeados por nuestros sobrinos, a los que hemos adoptado como hijos propios.

Hace un año mi mujer se fue de este mundo antes de tiempo, con 62 años, después de sufrir durante dos años un cáncer de hígado que ya se le había extendido por todo el cuerpo.

Yo estaba tremendamente enamorado de ella, aunque teníamos nuestras discusiones, como todas las parejas.

De un tiempo a esta parte, yo la notaba más apagada, pero a pesar de sus dolores, siempre tenía una sonrisa para mi. Mi mujer murió casi sonriéndome, segura de que se marcha a un lugar mejor, y segura de que dentro de unos años, nos volveremos a ver.

Mis hermanos y sobrinos me arropan mucho, pero tienen sus vidas, sus quehaceres, y yo no quiero suponer una carga para ellos, por lo que decidí irme a la finca del pueblo, y quedarme allí.

Sé que ellos están preocupados, porque apenas salgo de la casa, y de vez en cuando, algunos de mis sobrinos, ya mayores, vienen a estar un rato conmigo. Uno de ellos, Rafa, me insinuó que la vida no había terminado, y que a pesar de que mi gran amor se había ido para siempre, yo tenía derecho a ser feliz, y a conocer quizás a otra mujer maravillosa con la que compartir mis largas horas en el pueblo.

Al principio me enojé bastante, no concebía la idea, estaba cerrado a abrir mi mente y mi corazón, y estaba dispuesto a morir solo, triste, los años que me quedaran, quizás algunos, quizás bastantes.

De nuevo mi sobrino Rafa, me presentó a un amigo suyo, coach de profesión, me costó un poco entender qué era un coach y qué podía hacer por mi, pero el caso es que quedamos en hablar una hora unos tres días por semana, más o menos, según estuviera mi ánimo.

Al principio no le veía sentido a esas sesiones, porque hablábamos de mi vida, mis vivencias, mis emociones, y sobre todo, mi futuro…¿mi futuro?, como si tuviera yo algo de eso.

Poco a poco, al cabo de unos meses, me percaté de que ese hombre con esa gran capacidad para escucharme, me había hecho ver que aun tenía yo mucho que ofrecer al mundo, y que sí, que tenía un futuro, qué más dá que fuera corto o largo, era un futuro.

Cuando el amigo de mi sobrino se marchó porque me dijo que no podía hacer nada más por mi, me volví a encerrar en la casa.

Al cabo de unos días, recordé todo lo que me había dicho aquel amable hombre del maletín. Me levanté del sillón, me duché, me afeité, me puse mi mejor traje con mis mejores tirantes, y me dispuse a salir con la cabeza alta hacia la plaza del pueblo, donde vi a muchos como yo, personas mayores, hablando, jugando al mus, al dominó, a la petanca, incluso algunos de ellos trasteaban con un ordenador.

Caminé hacia ellos, y después de atravesar las ramas del Sauce que presidía la plaza, vi a una hermosa mujer sentada en un banco de piedra, sola, esperando a que alguien hablara con ella……

“En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos”.

 Marie Von Ebner Eschenbach