LA CONFIANZA SON 8.300 MILLAS

  • LA CONFIANZA SON 8.300 MILLAS

El creyó firmemente que su destino se hallaba a 2.400 millas, así lo transmitió a quien quisiera oírle, desde el convencimiento más pleno que las horas de estudio habían arrojado ese cálculo y desde la confianza más firme que le daba reconocer que podía recorrer esa distancia. Así fue como consiguió ir contagiando su entusiasmo a no pocos que quisieron apoyarle e incluso a otros tantos confiados que quisieron acompañarle en su viaje. El estaba convencido de poder conseguirlo, nadie antes lo había hecho, si se hacía caso a la historia y a los libros más antiguos. Y llegaron. Muchas semanas más tarde de lo proyectado, pero llegaron. Mucho más ansiosos de lo esperado, pero llegaron. Cuando el protagonista de nuestra historia observó finalmente la distancia de su objetivo se dio cuenta de que no eran 2.400 millas las que le separaban de él si no por el contrario la nada desdeñable cifra de 10.700. Cuatro veces y media más de lo esperado. Ese soñador, ese loco que tanto creía y confiaba en su empresa, se llamaba Cristóbal Colón. Desde dónde salió y hasta dónde llegó, es universalmente conocido.

De haber sabido cuan lejos estaba de su objetivo probablemente no lo hubiera jamás intentado y con total certeza nadie lo hubiera apoyado ni con su compañía ni con sus arcas dinerarias. Y jamás hubiese pasado a la historia. Con esto no quiero decir que para confiar en uno mismo haya que partir de un error en el cálculo, pero sin duda es un hecho cierto que la confianza que tenemos en alcanzar nuestras metas es igual de importante que el plan que trazamos para conseguirlas y que la exactitud de los pasos que vamos dando.

Días atrás vi un vídeo que se llamaba indefensión inducida. Perfectamente se podía haber llamado desconfianza inducida. Se basaba en un simple experimento hecho a adolescentes de un instituto. La clase estaba compuesta por 4 filas de alumnos sentados en sus mesas de clase. A todos ellos se les repartía una hoja con tres anagramas. Es decir, tres palabras que podían cada una de ellas formar otra distinta. Se les daba la indicación de que lo fueran haciendo una a una y de que cuando terminaran las tres levantaran el brazo en señal de haber finalizado el ejercicio. Dos filas de alumnos van levantando la mano, han conseguido formar la primera, la segunda y la tercera palabra. Otras dos filas de jóvenes con caras de frustración no lo consiguen y se desesperan al ver las manos levantadas de los compañeros. La trampa consistía en que dos filas tenían tres palabras con posibilidad de convertirse en otras, mientras que las otras dos filas tenían otras palabras, las dos primeras eran irresolubles. El resultado es que fueron perdiendo la confianza y fueron incapaces de resolver la tercera y sencilla palabra, común a toda la clase.

Recientemente llegó a mí una frase que me gustó mucho y que guarda relación con todo esto ” aquel que mira hacia fuera sueña, aquel que mira hacia dentro despierta”. Al final todo es una simple cuestión de confianza. Confianza en uno mismo y en sus posibilidades. Cuestión de dejar de soñar y de despertar. Cuestión de confiar.

 

Autor: Ana Isabel Fernández

2017-06-23T12:40:43+00:00

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